lunes, 21 de diciembre de 2009

EVERETT REIMER, LA ESCUELA HA MUERTO (VI)

6      LOS PILARES INSTITUCIONALES DEL PRIVILEGIO


         En menos de cien años la sociedad industrial ha modelado soluciones patentadas para las necesidades humanas fundamentales, convirtiéndonos a la creencia de que el Creador modeló las necesidades del hombre bajo la forma de demandas para los productos que nosotros mismos hemos inventado. Esto es tan cierto para Rusia y Japón como para la comunidad Nord-Atlántica. Con el fin de que el consumidor  se acostumbre a productos que constantemente se vuelven obsoletos,  se lo entrena mediante una lealtad invariable a los mismos productos, quienes le ofrecerán los mismos “paquetes” de artículos variando ligeramente la calidad o revistiéndolos de una nueva envoltura.

Las sociedades industrializadas son capaces de surtir esos paquetes para el consumo personal de la mayoría de los ciudadanos, pero ello no constituye prueba alguna  de que dichas sociedades sean sanas, económicas o promotoras de un humanismo vital. Lo contrario sí es verdad. Cuanto más se entrenan al ciudadano para el consumo de bienes y servicios empaquetados, menos efectivo parece ser en la modelación de su medio ambiente. Sus energías y sus finanzas se consumen procurando constantemente nuevos artículos de primera necesidad, convirtiéndose el medio ambiente en un producto secundario de sus hábitos de consumo.                                                                                     
                                                                                                            IVAN ILLICH
                                                                                                           Celebration of Awareness

     Las escuelas no son las únicas instituciones que prometen un mundo y se convierten luego en instrumentos de su negación. Eso es lo que las iglesias ―para poner una etiqueta común a todas las instituciones religiosas― han hecho siempre: empaquetar el don gratuito de Dios o de la naturaleza, para, de esa forma, poder pedir un precio por él, reteniéndolo luego fuera del alcance de quienes no podían o no querían pagar dicho precio. Hasta hace muy poco tiempo, las Iglesias sobresalían entre las otras instituciones solamente por su hipocresía. Las demás instituciones tradicionales nunca pretendieron ofrecer un don universal. No lo hicieron siquiera los prehistóricos practicantes de la magia religiosa.
     Con la excepción de las iglesias, las instituciones tradicionales siempre se administraron abiertamente para el beneficio de los administradores. Las cortes, los reinados, los ejércitos, los imperios y las grandes empresas, siempre pertenecieron a sus propietarios; de sus beneficios sólo participaban unos pocos, mediante el pago de una cuota. Recientemente, dos instituciones no religiosas han comenzado a reclamar como suyo el ofrecimiento del acceso a la igualdad; en primer lugar, los estados-nación y sus subsistemas, tales como las escuelas; en segundo lugar, las empresas de la producción moderna.
     No se trata de algo a cambio de nada. Ningún líder religioso prometió jamás algo a cambio de nada, sino simplemente que la puerta estaría abierta a todos Aquellos que siguieran el camino. Esa es la promesa de la que se han retractado las iglesias al fracasar en mantener sus propias puertas abiertas, y ésa es la promesa que muchas empresas modernas y burocráticas públicas proclaman falsamente.
     A medida que el abastecimiento de las necesidades humanas se institucionaliza, las instituciones en cuestión definen el producto particular y controlan el acceso al mismo. Progresivamente, dichas instituciones: 1º, definen el producto o servicio que satisface a la necesidad (por ejemplo, las escuelas definen la educación como escolarización); 2º, inducen entre los necesitados la aceptación de esa definición (por ejemplo, se persuade a la gene para que identifique a la educación con la escolarización); 3º, excluyen a parte de la población necesitada del acceso pleno al producto o al servicio (por ejemplo, a cierto nivel, las escuelas sólo están disponibles para algunas personas); 4º, se apropian los recursos disponibles para satisfacer la necesidad (por ejemplo, las escuelas agotan los recursos existentes para la educación). Las generalizaciones mencionadas son válidas tanto en el caso de la educación como en el caso de la salud, el transporte y muchas clases de necesidades humanas.
     De manera progresiva, la salud va siendo definitiva y concebida como el acceso a los servicios de médicos y hospitales y a los productos de la industria de las drogas. Dicho acceso es notablemente desigual. El costo de los hospitales, los doctores y las drogas, crece más rápidamente que los recursos para pagarlos. También se puede argumentar que la salud de las poblaciones maduras ― aquellas en las causas las tasas de nacimiento y mortalidad convergen ―empeora a medida que aumentan los gastos destinados a hospitales, doctores y drogas. Mediante esos gastos lo único que obtenemos es una vida enferma de mayor duración. La gente puede ser cada vez más indulgente consigo misma a medida que se dispone de más remedios, pero si se dedicaran más recursos al fin de tomar medidas preventivas las tasas de enfermedad y mortalidad declinarían entonces.
     Los hechos aún son más claros en el caso del transporte. En muchos países el automóvil particular ha desplazado prácticamente a sus competidores. En Estados Unidos, la saturación se aproxima al punto de una ganancia disminuyente ―incluso para los propietarios de los automóviles―. Sin embargo, la mitad de la población adulta sigue sin tener un acceso seguro al coche privado, y cuado trata de transportarse lo pasa peor que si los automóviles jamás se hubieran inventado. En la propia ciudad de Los Ángeles, que tiene fama de poseer más coches que habitantes y que se está asfixiado en los gases que ella misma produce, hay tantos conductores con licencia como jóvenes y viejos que no sabe o que no tiene permiso para conducir. Esas personas, incluso las que pertenecen a familias en las que hay algún conductor habilitado, están a expensas de la conveniencia de sus chóferes, o viceversa.
     La provisión de una categoría de necesidades humanas se institucionaliza hasta el grado de que hay un producto estándar o un servicio estándar predominante, una producción y una distribución estándares, y un precio estándar ― con un concepto de precio que incluye todas las condiciones de acceso significativas―. Vale la pena hacer notar que las personas expulsadas del mercado por los precios no sólo están convencidas de que son indignas de participar en él ―por ejemplo, de su incapacidad para llevar a cabo estudios universitarios o de usar la ropa que se estila ―, son que están convencidas también de que tampoco reúnen méritos para participar de los privilegios que la educación, universitaria y la moda implican.
     Mientras no se popularizó la democracia y se institucionalizó la tecnología no se puedo demandar la participación política y económica de todos. Ahora esas pretensiones parecen plausibles y reciben amplio crédito. Los afortunados de esas demandas aparecen con productos específicos que han sido diseñados para satisfacer necesidades específicas. Elaboran un paquete que se hace cada vez más complejo, más exclusivo en cuanto el acceso que se tiene a él, y más costoso. Sin embargo, la identificación de la necesidad con el producto es más básica que la propia elaboración del mismo. Las palabras educación y escuela, salud y hospital, automóvil y transporte, se convierten en términos intercambiables e inseparables. La gente se olvida que antes de existir las escuelas había ya hombres con educación, que antes de existir hospitales había hombres sanos, y que antes de conducir y volar los hombres caminaban y cabalgaban.
     A medida que crecen las instituciones crece el número de personas que aceptan la identificación de la necesidad con el producto. En la Europa medieval, los judíos y los moros fueron los únicos que no identificaron la salvación con la Iglesia. Las mujeres, que durante siglos dieron a luz en los campos, lo hacen ahora en las maternidades. Campesinos que jamás han visto una escuela, votan por los candidatos que las prometen.
     Las mujeres y los campesinos no son seres irracionales. Unas y otros saben que quienes van al hospital y a la escuela viven más desahogadamente. Y también se dan cuenta de que quienes viven con más desahogo tiene más libre acceso a escuelas y hospitales, confundiendo frecuentemente la causa con el efecto. Eso no tiene nada de sorprendente porque los investigadores más astutos son a menudo incapaces de diferenciarlos. Son raros los casos en que se puede demostrar concluyentemente la eficacia de un tratamiento médico o educativo.
     La elaboración del producto impide eficazmente el acceso de todos al mismo tiempo, inclusive en el caso de los productos más sencillos. Los alfileres y las agujas se empaquetan en colecciones cada vez más excéntricas. La sal se convierte en un monopolio y en una forma de impuesto. Una de las primeras luchas de Gandhi en la India estuvo dirigida contra el monopolio de la sal ejercido por el gobierno británico. El gobierno italiano mantiene todavía un monopolio sobre la sal, a excepción de Sicilia, que es donde se produce. Todos saben lo que pasa con las escuelas, los hospitales y los automóviles, los precios excluyen a la gente del mercado no sólo de manera directa sino mediante reglas cada vez más complicadas ― como las licencias para conducir, los exámenes de ingreso o los requisitos de seguros ―. Todas esas reglas se fundan en buenas razones, pero su proliferación tiende a reducir la proporción de consumidores habilitados.
     Hay, desde luego, procedimientos que operan en sentido inverso. Peude que el acceso neto a las instituciones modernas llegue incluso a crecer gradualmente, debido a los créditos para el consumidor, los ingresos crecientes, el aumento de los sistemas públicos de escuelas y hospitales, etc. pero es indudable que, es lo cierto que cada vez sufre más sus consecuencias debido a la consolidación del monopolio de este o aquel producto institucional, no quedan recursos sobrantes que permitan la elaboración de productos alternativos. El apoyo a las alternativas educativas debe disminuir a medida que crecen los presupuestos escolares. Quienes abandonan la escuela no sólo disponen cada vez de menos recursos educativos, sino que tienen cada vez menos oportunidades de empleo. Y por último, menos excusas. Cuanto mayor es el número de automóviles hay menos trenes y autobuses; los que quedan son más caros, menos satisfactorios y rentables.
     Durante la última década, el número de nuevos propietarios de automóviles en el mundo entero aumentó en no más de veinticinco millones. Quizá un número aproximadamente equivalente disfrutó por primera vez los beneficios de los servicios médicos modernos. El número de niños escolarizados puede haber aumentado en cien millones. Pero durante esa misma década la población mundial aumentó en más de quinientos millones, de manera que el número de quienes carecieron de cualquiera de esos servicios aumentó mucho más que el número de quienes los obtuvieron. Durante el mismo período, los precios expulsaron del mercado a un número mayor de personas. El precio de los automóviles aumentó sustancialmente, en tanto que el costo de servicios médicos y escuela se multiplicó varias veces. Mientras tanto, el ingreso per capita, calculado sobre una base mundial, creció apenas. De no haber existido incluso un crecimiento demográfico, y de haber quedado las cosas como antes, el número de personas expulsadas del mercado por los precios de los artículos y los servicios modernos de la década del 60, habría sido mayor que el número de personas incorporadas el mismo.
    Tampoco se puede descartar las cifras antes mencionadas diciendo que la década del 60 fue mala y que las principales instituciones no funcionaron tal como se había previsto. Las instituciones no pueden funcionar de ninguna otra manera en un mundo dominado por la competencia por el privilegio. Los ya privilegiados continúan exigiendo mejores escuelas, mejores hospitales y mejores coches. A medida que aumenta el número de quienes disfrutan de esas mercancías crece el número de personas a las que hay que suministrar “paquetes” de artículos cada vez más caros, de manera que se vuelve extremadamente difícil extender privilegios semejantes a un círculo de población cada vez mayor. Incluso si no hubiera existido un crecimiento demográfico, los factores mencionados y las limitaciones ecológicas harían imposible llegar a universalizar el estándar de vida característico de Europa y Estados Unidos.
     Los excluidos no son los únicos que sufren; y quizá ni siguiera los que más. Padecen más agudamente los que participan de manera limitada. Imaginen la angustia de gentes devotas cuyos parientes penen en el purgatorio mientras los parientes de los vecinos más ricos reciban profesionales plañidos camino del paraíso. Imaginen el tormento actual de personas que tiene que dejare morir a sus familiares, porque los que pueden pagar ejercen un monopolio sobre los donantes de corazones y riñones. Los afortunados no sufren. Pero puede ser que salgan peor heridos porque se les engancha a un juego que no tiene fin y que nadie puede ganar. La lucha de los ricos contra la vejez y la muerte constituye un grotesco ejemplo de ello. La pugna del status, aunque quizá menos macabra, es mucho peor; a medida que abarca un mayor número de productos y personas, envenena el aire, el agua y la tierra chupando el verdadero significado de la vida. Una ardilla encerrada en una jaula con un mecanismo giratorio no es más desesperante y ridícula que los Smith y los Jones tratando de estar cada uno a la altura del otro.
     El informe de Veblen sobre el consumo conspicuo, escrito hace más de setenta años, era parte de una teoría sobre la clase ociosa. Confinado a esa clase, el consumo competitivo pudo haber sido moralmente ofensivo, pero no pasó de ser socialmente tolerable. Extendido a las masas, el consumo competitivo destruye al hombre, a su sociedad y a su medio ambiente. Una clase ociosa limitada podía consumir a expensas de las masas. El consumo sin fin sólo puede tener lugar a expensas del consumidor. El hombre no es más capaz de sobrevivir en una jaula que la ardilla. La sociedad no puede sobrevivir a un conflicto de clases atizado por el calor de la guerra internacional, la publicidad universal y la escolarización competitiva. El mundo no puede absorber el desperdicio que actualmente se le arroja encima ― para no mencionar siquiera la cantidad de despilfarro que las tendencias actuales implican.
     La competencia entre naciones por el consumo competitivo de productos institucionalizados es un aspecto que tiene una importancia crítica. Los productos más antiguos de las instituciones modernas ― tanto personas como bienes y servicios ― se exportaron desde Europa al Nuevo Mundo y a las colonias europeas, proveyendo de esa forma oportunidades para todos los miembros de la población de las naciones europeas. Quienes no podía asistir a las nuevas escuelas o compara las nuevas mercancías, podía o bien emigrar el Nuevo Mundo, o bien ser reclutados como soldados para controlar las colonias o adueñarse del terreno de quienes se iban. Por lo tanto, los precios sólo expulsaron temporalmente el mercado a esas personas. Los hijos de los conquistadores de nuevas tierras se convirtieron, de hecho, en los pioneros de los nuevos niveles y tipos de consumo humano. Salvo en algunos casos, las naciones que actualmente se hallan en vías de desarrollo no pueden desplazarse o conquistar a pueblos más débiles. Lejos de poder embarcar a toda su población en el comercio de exportación, la emigración o la conquista, esas naciones se ven abocadas a competir dentro de sus respectivos mercados con productos extranjeros importados, incluida la mano de obra.
     El sector de la población de las naciones subdesarrolladas que no pueden tener acceso a las escuelas, los hospitales y el transporte moderno, debido a los precios de los mismos, es mucho mayor si se lo compara con el de aquellas naciones que se desarrollaron antes. Ese sector va siendo progresivamente alienado de la élite de su propia nación, de aquéllos que en cambio sí tiene acceso a los productos de las instituciones modernas, sean extranjeras o indígenas. A su vez, las masas alienadas se convirtieron en un estorbo demográfico, una trabazón económica y, finalmente, en oposición política.
     La mayoría de las instituciones continúan sirviendo a los intereses de sus inventores al mismo tiempo que al os intereses de quienes originalmente se hallaban en la periferia de ellas, pero a expensas de un grupo cada vez más periférico.
     La anterior afirmación no habría suscitado mayor interés en la época en que los imperios políticos eran las instituciones prominentes. Los privilegios de los ciudadanos romanos se extendían sólo con la conquista de territorios adicionales. Marx aplicó el principio a las instituciones capitalistas. Nosotros lo hacemos extensivo meramente a otras instituciones, liberándolo posiblemente de su dependencia de la noción de explotación posiblemente de su dependencia de la noción de explotación deliberada. La mayoría de quienes intentan universalizar la escolarización y el servicio de los hospitales creen sinceramente que actúan defendiendo el interés de los que aún no han sido escolarizados ni curados.
    La dificultad estriba en que, en lugar de ser dueños de nuestras instituciones, somos sus prisioneros. Rara vez diseñamos una institución, y cuando lo hacemos, antes de completarla nos hallamos ya reverenciándola. Nos encontramos tan esclavizados por ellas que temblamos de miedo ante la sola idea de perderla inadvertidamente y volver a caer en la barbarie. En realidad, ese miedo se circunscribe principalmente a los privilegios; lo que nosotros tememos verdaderamente es que en medio d la confusión se pierdan las bases específicas de nuestro propio privilegio.
     La dificultad tiene por lo dicho tanto un aspecto psicológico como un aspecto político. Hay quienes se benefician de las instituciones actuales y desean conscientemente conservarla. Entre ellos se cuentan los propietarios, los empresarios, los líderes políticos y los que detentan el poder, incluidos los ciudadanos corrientes de las naciones privilegiadas. Pero hay muchos que tiene poder y carecen de un deseo consciente de monopolizarlo; y muchos que, manipulados por el poder, se entregan a la ilusión del mismo en lugar de a su realidad. El hombre no puede liberarse de las actuales instituciones sin luchar, pero tampoco la lucha será útil si no va precedida de la imaginación y la inventiva., uno de los mayores problemas radica en que actualmente las naciones desarrolladas tiene un monopolio efectivo ― y acaso necesariamente deliberado ― de los medios de la inventiva moderna.
     Las teorías de la revolución política no son suficientes. Las mismas suponen que con que una clase gane el control la sociedad cambiará de acuerdo con los valores de esa clase según vienen expresados en su ideología. En la práctica vemos cómo a lo largo del siglo gran número de revoluciones han dejado intactas a la mayoría de las instituciones especializadas que constituyen la sociedad. Las escuelas y los hospitales de los países comunistas no se diferencian de las escuelas y los hospitales de los países capitalistas. Inclusive la reciente revolución cubana está tratando de extender a las masas los servicios de sanidad y educación especialmente a través de los tradicionales sistemas de escuelas y hospitales. Las instituciones agrícolas e industriales de los Estados comunistas y capitalistas tienden a converger, a pesar de los grandes esfuerzos que hacen ambas partes para ser diferentes. De acuerdo con la teoría prevaleciente, la tecnología suministra la fuerza que derrota a esos esfuerzos, pero la tecnología apenas si explica el caso de la escuela, la Iglesia, la familia, o muchas otras instituciones que, al menos por ahora han vencido a los esfuerzos que los gobiernos revolucionarios han hecho por cambiarlas.
     Existe, sin embargo, una amplia evidencia de que las instituciones en manera alguna son eternas. Durante este siglo han desaparecido monarquías, se han hundido imperios políticos, ha habido iglesias que perdieron su poder si no su feligresía, los ejecutivos y los técnicos han sustituido a los entrepreneurs, han desaparecido grandes industrias y aparecido otras. La mayoría de estos cambios son casi totalmente inexplicables; otros, especialmente los cambios políticos, han tenido lugar como resultado de planes específicos, en ocasiones basados en una teoría general de la revolución política. El hombre se ha mostrado capaz de crear y destruir instituciones, con o sin una base planeada, con o sin teorías. El mismo tiempo, e hombre sigue siendo prisionero de sus instituciones hasta un grado que linda con lo inimaginable. La única manera de romper su esclavitud es comprendiéndola primero totalmente, y planeando deliberadamente luego la renovación y el reemplazamiento de sus actuales estructuras institucionales. Esa es una condición necesaria, pero no suficiente. La lucha no se puede evitar, pero una lucha sin la adecuada comprensión y el planeamiento previos ha probado ser una y otras vez inútil.
     La comprensión y la acción efectiva requerirán una teoría general del cambio institucional. Debemos desarrollar instrumentos conceptuales que sirvan para analizar las instituciones, de modo que se pueda comprender el proceso histórico que de modo que dio lugar a ellas, el proceso sociológico que las hizo aceptables, y las limitaciones que ahora imponen a la búsqueda de alternativas ―no sólo las limitaciones en cuanto al acceso al poder y a los recursos, sino también las impuestas a la imaginación creadora. Debemos desarrollar un lenguaje que nos permita hablar con precisión acerca de las necesidades del hombre moderno; un lenguaje liberado del que han acuñado las instituciones y que los hombres han llegado a aceptar como definitorio de sus necesidades


1 comentario:

  1. Este documento tiene una importancia y una relevancia increibles en el analisis critico de la escuela como institucion socializante en esta sociedad de consumo y producion. Dios le bendice por su gran aportacion de proveer luz

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