lunes, 21 de diciembre de 2009

EVERETT REIMER, LA ESCUELA HA MUERTO (VIII)

8   REDES DE OBJETIVOS EDUCATIVOS



“… En consecuencia  se ideó que, siendo las Palabras simplemente Nombres que se dan a las Cosas, sería más conveniente que los Hombres llevaran consigo tantas como cosas necesitasen para hablar del Asunto principal a discurrir. Y este invento se habría implantado, por cierto, para gran Comodidad y Salud de Temas, de no existir las Mujeres, en consorcio con el Vulgo y con los Ignorantes, amenazando con alcanzar en Rebelión si no se las dejaba en libertad de hablar con la Lengua, a la Manera de sus Antepasados: a tal Grado es el Vulgo Enemigo Constante e Irreconciliable de la Ciencia. Sin embargo,  muchos de los más Sabios y Eruditos se adhirieron al nuevo Esquema de expresarse mediante Cosas; lo cual presenta el único Inconveniente de que un hombre que se ocupa de Grandes y Diversos Asuntos se ve obligado a cargar, en proporción, un Talego mayor de objetos a la espalda, a menos que pueda pagar  uno o dos robustos Criados para que lo ayuden. Yo he visto muchas veces a dos de esos Sabios,  casi abrumados por el peso de sus fardos, tal como los Buhoneros entre nosotros, encontrarse en la Calle, echar la Carga a tierra, abrir los Talegos y conversar juntos durante una Hora; y luego guardar los Utensilios, ayudarse mutuamente a reasumir sus Cartas y Despedirse”.
JONATHAN SWIFT
Viajes de Gulliver
Hay objetos que tienen un valor educativo general, en tanto que otros lo tienen  particular. Los que tiene un valor educativo especial se dividen a su vez en dos clases: aquellos que encarnan símbolos, y aquellos que producen, traducen, transmiten o reciben información codificada en símbolos. Todos los objetos sirven de medios de comunicación pero, como señala Swift, algunos sirven mejor que otros. Entre los mejores se cuentan  la documentación, los libros, las cintas grabadas, y cualquier tipo de cosas que se utilice para almacenar símbolos. La documentación es tan relativamente fácil y barata de guardar y conservar que se la puede organizar de tal manera que el acceso a ella sea  rápida e infinitamente más eficaz que la organización de lo que ella representa. Esa es la virtud del cerebro humano, pero también de las computadoras, las bibliotecas, los depósitos de microfilm y  similares. Las grades colección de documentos, tales como las bibliotecas centrales y los archivos nacionales, son una especie de memorias colectivas que sirven a la sociedad de la misma manera que los cerebros a los individuos.  Una mayor organización  de dichas colección de documentación, mediante computadores, aumentará seguramente en gran  manera su utilidad y garantizará el cotejamiento con los cerebros humanos. El acceso efectivo a la documentación llegará a ser sin duda para el hombre educado aún más necesario que en la actualidad. Aún hoy en día, los archivos son valiosas extensiones de los cerebros educados. Mucho de cuanto podría almacenar en la memoria humana se pasa deliberadamente a esos sistemas nemotécnicos suplementarios.

La gran economía mediante la cual hoy es posible organizar los distintos tipos de sistemas de documentación para que un número casi ilimitado de personas tenga rápido acceso a los mismos, constituye uno de los hechos que permite que la casi ilimitada educación universal sea tan barata.  Cualquiera que aprenda a usar esos sistemas ―para lo cual se necesita, a ciertos niveles por lo menos, sólo alguna que otra destreza elemental ― es capaz de continuar posteriormente con su propia educación prácticamente hasta donde lo desee. Eso siempre ha sucedido en los casos de personas que sabía leer y encontrar los libros necesarios. El nuevo desarrollo añadirá sencillamente facilidad. Puede que valga la pena hacer notar que lo citado también ha sido cierto para cualquier persona  que supiera cómo observar y encontrar información. La lectura no hizo más que facilitar las cosas, de la misma manera que lo hacen ahora las computadoras. Facilitan las cosas a tal extremo, sin embargo, que ahora la educación puede llegar a ser universal.

La calidad de esa educación sólo dependerá de la calidad y la integridad de la documentación de que el público dispone. Toda aquella información  de la cual presumiblemente depende la ventaja de la nación o de alguna corporación, no estará disponible. Lo mismo sucederá con la información  que algunos grupos juzguen imprescindible para mantener la ventaja que tiene sobre otros. Esos son problemas que no se resuelven únicamente mediante la organización.

Las bibliotecas son modelos parciales para la organización de documentación y objetos similares. Alcanza con una  extensión del sistema bibliotecarios para permitir que ese tipo de objetos educativos sea puesto a disposición de loe educandos. Pero la amplitud de la extensión necesaria es inmensa. Las bibliotecas no aprovechan totalmente aún la facilidad y la economía con que hoy se puede reproducir la mayoría de la documentación. Se encuentran, desde luego, seriamente en desventaja debido a los derechos de propiedad y a las consecuentes restricciones que se impone a la reproducción del material. Estas restricciones, junto con la novedad de los métodos de reproducción baratos, explican la prolongación de la tradición custodial, que induce a las bibliotecas al cuidado de preocuparse más por sus archivos que por sus clientes. Habrá que superar la costumbre de servir a la élite en lugar de servir al público en general. El público lector es una élite, y puesto que las bibliotecas se establecieron basándose en los libros, su alcance educativo se ha visto limitado tanto por la élite como por una tradición custodial. Puede que ni siguiera sea una buena idea utilizar la palabra biblioteca para la red de objetos  educativos que debe llegar a ser una de las principales instituciones alternas frente a las escuelas.

Además de catálogos sumamente detallados y de depósitos con toda clase de documentación, necesitamos tener un acceso efectivo a los objetos que tiene un valor especial en la transmisión de información. Entre dichos objetos se cuentan los instrumentos que sirven para manejar la información, producirla o transmitir su mensaje. Los libros son de los pocos sistemas de documentación que no requieren decodificadores especiales. Sin embargo, la producción de libros y periódicos requiere instrumentos que son  indispensables: lápices, máquinas de escribir, mimeógrafos o impresoras. El acceso de todos a esos instrumentos es tan importante como la habilidad de leer lo que se ha escrito. Esa es la razón por la cual la libertad de prensa fue incluida en la Declaración de Derechos de los estados Unidos de América. Su propósito original fue proteger el derecho de la gente común como Thomas Paine a difundir públicamente sus ideas; sólo más tarde se convirtió fundamentalmente en una protección para la prensa comercial.

Aparte de los libros hay mucha más documentación que también requiere instrumentos para su producción y su utilización. Para producir y registrar sonido se puede necesitar instrumentos musicales y micrófonos, así como tocadiscos para escuchar dichos registros. Las máquinas de escribir y las computadoras son necesarias para la producción y lectura de tarjetas perforadas, cintas, disc-packs,  y otras clases de registros de computadoras. Las cámaras y los proyectos son otro par de instrumentos elementales, que se pueden combinar con telescopios, microscopios y muchos otros dispositivos, y que pueden emplear como sistemas transmisores a la televisión y las líneas telefónicas. Existen también materiales más sencillos que sirven  para producir archivos, como, por ejemplo, pinturas y pinceles, cuchillos y cinceles, agujas de tejer e hilo, en fin, una inmensa variedad de herramientas y materiales corrientes.

Los dispositivos empleados  para codificar  y decodificar mensajes caen dentro de categorías de clases de instrumentos  o de máquinas que transforman una clase de energía en otra. Los instrumentos musicales y las máquina, as impresoras, por ejemplo, estrictamente no son dispositivos de comunicación, tales como las grabadoras o las máquinas de escribir. Todos los tipos generales de transformación de energía tiene un valor educativo especial, no sólo debido a su utilidad general para facilitar la comunicación, sin también porque revelan la relación entre el movimiento y el tiempo; los motores, entre el movimiento y la electricidad, los telescopios, entre la distancia y el tamaño. Los nombres de las relaciones de esa índole ― pero no restringida al mundo de la física― componen  la mayor parte del vocabulario de una persona bien educada.

Las herramientas, los instrumentos, y las máquinas, están hoy mucho menos al alcance de la mayoría del las personas de las sociedades tecnológicas. La producción especializada a gran escala los remueve de los escenarios habituales. Aún es posible encontrar artesanía y mecánica en América del Sur, Asia y África, pero en Europa y América del Norte la artesanía y la mecánica desaparecen rápidamente de la vista del público. No sólo se priva a los niños, sino también a los vecinos, los amigos, los clientes y los transeúntes, de tener acceso a demostraciones de primera mano y posibilidades de experimentar con las herramientas y ver las entrañas de los artefactos que actualmente salen de las fábricas envasados en brillantes caparazones. Peor aún, no es posible desarmar muchos de los dispositivos modernos sin destruirlos automáticamente. No están hechos  para ser reparados sino para ser sustituidos. Como resultado de ello el hombre moderno se enriquece en dispositivos y se empobrece en la comprensión  que tiene  de los mismos. La proliferación de los productos blindados y las fábricas amuralladas ― detrás de las que se esconden las herramientas, los instrumentos y las máquinas ― tiene educativamente el mismo efecto que el escamoteo de la documentación oculta detrás de los velos de la seguridad nacional y del privilegio de las corporaciones. Como resultado de todo ello a la gente se le niega la información que necesita para actuar inteligentemente en su propio interés. Las razones ocultas detrás de esos secretos son las mismas, aunque los motivos conscientes pueden ser distintos. Los fabricantes ocultan su equipo y sus productos de la vista  de sus clientes quizá no es un acto consciente de mantenerlos en la ignorancia, pero sí ciertamente para mantener una ventaja en la cual la ignorancia es un factor crítico.

El secreto no se limita de ninguna manera a los países capitalistas. Los profesionales, los dirigentes y los trabajadores especializados cuidan sus privilegios tan celosamente como los propietarios. Las técnicas de la producción moderna les sientan por igual y en parte son ciertamente   por lo menos responsables por el secreto, dejando de lado cualquier motivación consciente. La producción a gran escala tiene, de por sí, implicaciones profundamente  antieducativas, tal como lo ha señalado Jane Jacobs en su libro Economía de las ciudades.

Mientras la producción a gran escala continúe monopolizando las herramientas, los instrumentos, las maquinarias y otros productos que tienen un valor educativo particular, será necesario incluir dichos productos en catálogos o quías educativas estableciendo la forma de acceso general a las mismas. Las escuelas industriales representan un intento de permitir ese acceso, pero son mucho más caras y menos educativas que un terreno baldío lleno de chatarra. Las escuelas industriales y vocacionales jamás pueden satisfacer las necesidades de toda la población, cosa que, en cambie, sí podrían hacer  los terrenos baldíos con chatarra, a pesar de que hoy en día es mucho más difícil en cierta medida tener acceso a ellos.

Los juguetes y ls juegos son una clase especial de objetos que presentan un gran potencial para compensar las desventajas educativas de una sociedad tecnológica. Son capaces de simular muchas situaciones  y objetos reales, en ocasiones ventajosamente y en otras no. Las normas de circulación del tráfico tal como se enseñan en las aulas pueden ser  una simulación peligrosamente segura de una situación verdaderamente peligrosa. Pero los juegos y los juguetes  sencillos, a los cuales se puede tener fácil y amplio acceso,  podría proporcionar habilidades, prácticas y comprensión intelectual, cuya efectividad y economía serían difícilmente iguales. Los juegos tienen tres grandes propiedades educativas. En primer lugar, son una manera agradable de aprender muchas habilidades, cuya práctica de otra forma sería muy onerosa. En segundo lugar proporcionan un medio de organizar actividades entre  colegas, con un mínimo de liderazgo o autoridad. Por último, son paradigmas de sistemas intelectuales, basados en elementos,  operaciones y reglas, tal como sucede con sistemas matemáticos y otros modelos intelectuales. LA gente que se halla familiarizada con los juegos puede ser fácilmente introducida a una comprensión  básica de los modelos más importantes de la ciencia y las matemáticas. Desde luego, los juegos corren el riesgo de que se objete el énfasis que pone  en los aspectos científicos y tecnológicos en detrimento de los aspectos de la naturaleza y las humanidades. También es posible  objetar que los juegos enfrentan a una persona con otra produciendo vencedores y vencidos. Es dudoso,  sin embargo, que se pueda  o se necesite organizar una vida sin competencia. Se puede organizar juegos de tal manera que igualen las ventajas, y consecuentemente los placeres, de triunfar. Si bien es cierto que cada uno sigue sabiendo quién es mejor, por lo general, es bastante difícil que una persona descuelle en todo.

La organización del acceso a los juguetes y los juegos cae enteramente dentro del ámbito de las bibliotecas. Los deportes físicos constituyen una excepción importante, presentando problemas similares a los que se dan en los casos que implican el acceso a la naturaleza y los objetos naturales.

La naturaleza no sólo está cada vez más lejos de nuestro alcance, sino que cada vez se la desnaturaliza más, de un lado mediante la explicación y la contaminación, de otro mediante la esterilización de la aventura, La explotación y la contaminación del medio ambiente natural han recibido amplia propaganda en su contra, y son hechos que tiene una gran importancia por lo que toca al continuo disfrute humano de la naturaleza. Educativamente, sin embargo, limpiar el medio ambiente puede ser peor que ensuciarlo. Proteger a los niños de la suciedad, los animales, el nacimiento, las enfermedades, la muerte y otros hechos y cosas naturales, distorsiona sus sentidos  de lo que es real y natural. Para el niño típicamente urbano la naturaleza  no es otra cosa que un producto humano como todo lo demás. Incluso al llegar a adulto tiene cada vez menos oportunidad de descubrir la verdad. Los jets y las carreteras mantienen a la naturaleza a distancia, e incluso una vez que el hombre llega más o menos hasta ella,  el rancho artificial y los safaris organizados en un escenario son de muy poca ayuda para vencer el aplomo urbano. Aún quedan algunos pocos ríos, bosques y cordilleras que no han sido arruinados, pero ya se los está invadiendo. Ya no se puede dejar  que sea la naturaleza la que se encargue de cuidar a sí misma; ahora es el hombre quien tiene que protegerla  del propio hombre. El acceso educativo complica el problema de la conservación de la naturaleza, y si el hombre deja sus armas antes de entrar a ella, esta misma puede continuar siendo el mentor del hombre. Para muchas personas será necesario redactar nuevas guías y descubrir  nuevos tipos de encuentros. Sin embargo, es sorprendente y esperanzador ver cómo los pequeños enclaves naturales que son debidamente protegidos resultan viables.

El acceso a la documentación, las herramientas, las máquinas, los juegos, los recursos naturales y otros objetos educativos de extraordinaria utilidad, eso es algo relativamente fácil de organizar. Se disponen  para otros  tipos de acceso se pueden llevar a cabo sin mayores dificultades. Pero esto deja a un lado todo lo que resta en el mundo entero y que, si bien quizá no posea un potencial educativo tan concentrado, excede en su valor educativo total a todas las clases de objetos especiales reunidas. Las barreras que nos separan de ese mundo de objetos comunes y corrientes son de distinto tipo.  El automóvil es característica de una de ellas. Las ciudades y muchas  de las zonas rurales se han hecho tan peligrosas para lo peatones, especialmente para los niños, que las calles y los caminos ―los senderos físicos que dan al mundo ― están fuera del alcance de muchos de los seres humanos. Si se pudiera volver a abrir las calles a los peatones, la ciudad misma podría convertirse otra vez en una red de objetos educativos, o sea en la escuela natural que ha sido a lo largo de la historia. Sin embargo, quedaría una segunda barrera entre el área de los clientes de las distintas tiendas y los talleres de trabajo donde se encierran la mayoría de los objetos y procedimientos verdaderamente educativos. Esas barreras no existen en las ciudades viejas. El artesano trabaja en el mismo lugar donde hace sus ventas, y la vista del público. Sin embargo, en la ciudad moderna existe aún una tercera línea de defensa: muchas máquinas y procesos de elaboración no se encuentran allí, sino que están escondidos fuera de las ciudades o en lugares que sólo pueden localizar quienes  ya los conocen. Es indispensable tener guías que suministren la ubicación de ese mundo a personas que quieran aprender algo de él, pero así y todo dichas guías pueden ser muy difíciles de preparar y aún sería más difícil concertar el acceso a esos sitios. Esos objetos verdaderamente interesantes son también los más celosamente escondidos; eso es lo que sucede con los objetos científicos, militares, económicos y políticos encerrados en laboratorios, bancos  y archivos gubernamentales.

En el mundo en el que estamos acostumbrados a vivir los secretos parecen naturales e inevitables. La ciencia, por ejemplo, solía estar constituida por una red de personas que trabajan en todas partes del mundo intercambiando libremente su información., una de las premisas originales de la ciencia, que nunca ha sido revocada, expresaba que el proceso depende precisamente de compartir abiertamente los resultados  del trabajo  científico. Hoy en día se ha colocado bajo llave tanto a los miembros  como a los artefactos de la comunidad científica.  En prisiones nacionales y corporativas, con el consiguiente empobrecimiento de los ciudadanos de esas naciones y de los accionistas de esas empresas. Los privilegios especiales que obtiene están lejos de ser compensados por las barreras impuestas al crecimiento del conocimiento. En un mundo controlado y poseído por las naciones y las empresas, sólo será posible un acceso limitado a los objetos educativos. Sin embargo, si se tuviera más acceso a los objetos que se pueden  compartir ello serviría para aumentar la percepción de los hombres, al grado de permitirles romper las últimas barreras educativas.

EVERETT REIMER, LA ESCUELA HA MUERTO (VII)

7    ¿SON POSIBLES LAS INSTITUCIONES DEMOCRÁTICAS?


            Si continuamos creyendo que los objetivos del sistema industrial ―la expansión de la producción total, el aumento de consumo que trae como consecuencia, el avance tecnológico, las imágenes publicitarias que sostienen a ese sistema ― se ajuntas a la vida, entonces nuestras vidas completas estarán al servicio de tales objetivos. Tendremos, o se nos permitirá tener, cuanto convenga a esos objetivos; todo lo demás estará fuera de lugar. Lo que nos haga falta será manejado de acuerdo  con las necesidades del sistema; se ejercerá una influencia similar sobre la política del estado; la educación se adaptará a la necesidad industrial; las disciplinas requeridas por el sistema industrial se erigirán en la moral convencional de la comunidad. Se hará que todos los otros objetivos parezcan afectados, carentes de importancia o anti-sociales. Seremos prisioneros de las necesidades del sistema industrial. Para sancionarlas, el estado añadirá su poder moral, y quizá parte de su poder legal. En suma, el desenlace será la benigna servidumbre de la criada doméstica a quien se enseña a tomar por propios los intereses de su ama, en lugar de ver la servidumbre obligada de la gleba.

Si, por el contrario, el sistema industrial es sólo una parte de la vida ― y relativamente una parte menguante ―, existe mucho menos lugar para la preocupación, los fines estéticos tendrán sitiales preferentes; quienes los sirvan no estarán sujetos a los fines del sistema industrial; el propio sistema industrial se hallará subordinado a lo que esas dimensiones vitales demanden. La preparación intelectual se llevará a cabo en atención a sí mismos y no al mejor servicio del sistema industrial, los hombres no estarán atrapados  por le creencia de que aparte de los objetivos del sistema industrial ―aparte de la producción de bienes e ingresos mediante métodos técnicos progresivamente más avanzados ― no hay nada importante en la vida.
JOHN KENNETH GALBRAITH
El nuevo estado industrial
Frente a la carencia ya reconocido de un lenguaje adecuado para hablar de las instituciones, quizá parezca prematura la hipótesis según la cual éstas pueden ser democráticas. Sin embargo, este capítulo plantea la hipótesis de que es posible reconocer ciertas instituciones en las cuales se puede restringir la tendencia hacia la domesticación, y que estimular a este tipo de institución puede nutrir el crecimiento de una sociedad justa y democrática.

Las instituciones se hallan tan identificadas con la jerarquía, el control, el privilegio y la exclusión, que la sola noción de instituciones democráticas parece algo extraño. La democracia jeffersoniana se basaba en la relativa ausencia de grandes instituciones, y salió mal parada frente el crecimiento de las corporaciones burocráticas públicas. De acuerdo con Galbraith y otros autores, la tecnología actual requiere grandes instituciones. Como sugiere la cita previa, el tema desarrollado por Galbraith en  El nuevo estado industrial,  tiene mucho paralelismo con el argumento de este capítulo, su argumento es mucho más detallado y está mucho más cuidadosamente habilitado. De no haber sido por el respaldo de su documentación, las posturas aquí adoptadas serían mucho menos defendibles. Galbraith no sugiere, sin embargo, una dicotomía institucional del tipo de la bosquejada en este capítulo. En The Affluent Society,  que en un sentido es un volumen paralelo a  El nuevo estado industrial, Galbraith sugiere la necesidad de un vasto cambio de recursos, de la empresa privada a la pública. Nuevamente, la mayor diferencia con respecto al argumento  de este capítulo radica en la cautela mucho mayor de Galbraith, a la que va unida la documentación inmensamente superior de sus aserciones. Para Galbraith toda la esperanza parece estriban en un cambio de valores básicos. De no producirse ese cambio es muy poco lo que se puede hacer. Quizá tenga razón. pero este capítulo sugiere que, si tal cambio comenzara a tener  lugar, un adecuado programa de desarrollo industrial podría conducir a algo mejor que la mera batalla entre los objetivos sociales institucionales y los humanistas.

Históricamente ha habido al menos instituciones casi-democráticas: la ciudad estado griega, la aldea de Nueva Inglaterra, la república jeffersoniana; algunos de los templos, iglesias y hermandades religiosas primitivas; las redes del mercado chino. También algunas instituciones modernas  que parece servir propósitos democráticos; por ejemplo, sistemas postales, redes telefónicas, sistemas de carreteras. Si los mercados chinos y los sistemas de carreteras no parecen ser idóneos para el status institucional, eso se debe en parte al menos a la forma en que hemos sido entrenados a pensar acerca de esas instituciones.

La historia de las instituciones en una historia de dominación. Los ejércitos, los templos, las cortes y los imperios establecieron el molde institucional, y a pesar de las excepciones  su patrón ha continuado determinando la manera de pensar del hombre caso al extremo de definir cómo no institucionales a las desviaciones que se apartan de ese patrón. Incluso las personas que admiten que se podría llamar institución a una organización no jerárquica o exclusiva, argumentará que la jerarquía y la asociación selectiva aumentan la eficiencia institucional. Probablemente lo hagan, en el sentido de la dominación. Las instituciones  que mejor dominen a sus miembros pueden ser también las que mejor dominen a sus rivales. Esparta ganó la guerra a pesar del elocuente alegato de Pericles a favor de la democracia ateniense. Las relativamente democráticas ciudades-estados griegas fueron más tarde conquistadas por una Roma mucho menos democrática. La crónica se comienza a oscurecer con la victoria de Inglaterra sobre España y los resultados de las dos guerras mundiales. Pero incluso la historia inglesa  da fe de la mejor disciplina  de su armada, obtenida en parte a punta de látigo, y la crónica de la batalla entre la dictadura y la democracia  no se ha cerrado aún. En la actualidad, el clamor más ruidoso en pro del control proviene de los liderazgos de las democracias.

Los partidos de la jerarquía no quedarán satisfechos con la admisión de que las instituciones grandes y jerárquicas controladas pueden dominar mejor a las otras. Ellos demandan que haya mayor eficiencia  productiva al mismo tiempo. Eso es como pretender que el aparato digestivo de los tiburones más grandes es mejor que el de los pequeños porque los primeros se comen con éxito a los últimos. La Compañía General Motors: ¿es más productiva  porque es más grande o es más grande porque es más productiva? Ni lo uno ni lo otro. Es más grande porque es el resultado de una fusión; su tamaño le da recursos para dominar a otras compañías que siguen siendo independientes. No es, en términos generales, un productor más eficiente, de lo contrario no compraría tantas piezas grandes y pequeñas  a las otras compañías más pequeñas. Su tamaño la ayuda ciertamente a dominar el mercado, lo cual permite a su vez cierta economía de escala en la producción. En la actualidad la General Motors es el jugador más eficiente del juego en el que está metida, de la misma manera que Estados Unidos y Rusia son actualmente líderes de la lucha mundial por la dominación- Nadie puede legar que esas naciones sean modelos de eficiencia en lo que respecta a todo lo demás.

En contraste con la General Motors, consideramos a la compañía estadounidense de teléfonos y telégrafos. Es exactamente tan técnica, tan orientada al lucro y tan grande como la General Motors; pero hay una gran diferencia entre lo que las dos compañías hacen por y con sus clientes. La compañía telefónica  instala un aparato y éste queda allí, cualquiera que sea su modelo, su forma o su color ― salvo que el cliente, por razones personales, decid adquirir otro distinto―. El suscriptor telefónico paga unos dólares al mes y, a menos que tenga hijos quinceañeros, se despreocupa  de su teléfono hasta que alguien lo llame o decida él llamar a otra persona. No hay que lavar ni engrasar ni prestar cualquier otro servicio al aparato, salvo en contadas ocasiones; no hay que asegurarlo, y no existe el peligro de que lo roben. No es, por otra parte, algo que provoque orgullo o envidia, preocupación o deleite, excitación o terror.  Sencillamente está al alcance de la mano, en caso de que sea necesario comunicarse con un vecino o con un antípoda; no impone restricciones a lo que se diga y no se mete en absoluto con el uso que se haga de él. Lo puede utilizar cualquiera que tenga unas monedas, o un amigo, o quien tenga una emergencia, incluso si no puede costear o no quiere tener un teléfono propio. El servicio esencial que obtiene  el usuario ―el valor que ese servicio tiene para la persona― no tiene nada que  ver con lo que paga o con quien es. Obviamente, los que viven mejor están mejor servidos, pero la red de comunicación telefónica es esencialmente democrática ―siempre y cuando sirva a los individuos  y no a las computadores, las corporaciones a los sistemas militares.

Qué diferencia hay respecto al Cadillac y el Chevrolet. Que pertenecen menos a sus dueños que sus dueños a ellos. Las discusiones familiares campean mucho antes de que se haga la compra: discuten el modelo, el color, el estilo, los caballos de fuerza, la dirección hidráulica, las ventanillas a control remoto, etc.; sin hablar de las opciones que tiene el comprador. Los pagos diferidos subsiguientes dominan el presupuesto familiar de la misma manera que el automóvil domina la vida familiar. Los triunfos y las tragedias se suceden rápidamente unos a otros a medida que el coche sale o bien o mal parado de tal o cual prueba. La utilidad es lo que menos nos preocupa. Con tal de no exponer al nuevo miembro de l familia a los peligros de estacionarlo en la calle,  nos hacemos miembros de clubs automovilísticos que tiene aparcamientos exclusivos para sus socios. El rendimiento del número de kilómetros por litro de gasolina pasa a ser tema de debate con los vecinos. Ni siguiera pensamos en las emanaciones de plomo y otras sustancias que envenenan la atmósfera.

¿Cuestión de naturaleza humana? Quizá, pero en otras partes la gente compite a caballo, a pie, con varas o con piedras, sin entregar sus vidas ―incluidos sus empleos, impuestos, educación, y el estado del aire, el agua y la tierra en que viven ―a los productores de esos caballos, varas o piedras. Ahí también existe naturaleza humana por medio. El automóvil, al igual que la casa moderna o los utensilios domésticos extravagantes, es un juguete demasiado grande para oponerle resistencia. Cuando el automóvil se ofrece ― incluso a cambio de la sumisión a quien lo suministra― es tan difícil resistir a él como era en los cultos primitivos resistirse a los ídolos, el incienso y las rameras del templo. La vida es aburrida; entonces ¿de qué manera mitigar el tedio?

Esa es una de las maneras tradicionales  de dominar a los hombres. Las otras dos son la fuerza, y la retención de las necesidades. La fuerza se emplea principalmente entre las naciones. Las necesidades son retenidas para asegurar los servicios a las clases bajas. El juego de los mayores se emplea para mantener a raya la guardia del palacio. La competencia internacional, la competencia interclases, y la competencia interpersonal,  se hallan vinculadas todas. La primera requiere de la institución militar; la segunda, de las instituciones  policiales y penales; y la tercera, de la General Motors. Lo común a esas instituciones es que tratan de obtener ventajas para un grupo o un individuo sobre otros. Todos esos tipos de ventajas tienen en común el hecho de que fijan un precio para ellas y para el producto que la hace posible. Cuando la  ventaja es permanente hay que estar pagando constantemente su precio. Si la ventaja es global, sucede lo mismo con el precio. La esencia se expone con más elegancia en la leyenda de Fausto y el tema reaparece a lo largo de la mitología humana. Facilita el criterio fundamental para distinguir a las instituciones democráticas de las instituciones dominantes.

Las instituciones democráticas ofrecen un servicio y satisfacen una necesidad sin conferir ventajas a otros ni crear dependencia, cosa que sí hacen otras instituciones, como la seguridad social. En lugar de ser sistemas de producción adoptan una forma reticular, o sea que son redes o cadenas que en lugar de elaborar y vender un producto acabado proporcionan una oportunidad de hacer algo. Los sistemas de comunicación y transporte públicos son ejemplos de sistemas reticulares, al igual que el suministro de agua y el drenaje, los sistemas de distribución de gas y electricidad, y los mercados que facilitan el flujo de varios tipos de bienes. Los servicios públicos son instituciones democráticas siempre cuando sean verdaderamente  públicos y suministren algo verdaderamente útil.

Todo el mundo tiene de acceso a un verdadero servicio público, ya sea gratuitamente o mediante el pago de una suma que todos puedan cubrir. El acceso al mismo depende de la opción y la iniciativa del usuario, quien también puede cancelar el servicio cuando le plazca. Los productos más usuales, como el agua y la electricidad, se pueden emplear para una variedad de propósitos. Lo mismo sucede con las carreteras y los sistemas postales. Las redes de servicio públicos dan pruebas  de una verdadera economía de escala. Cuanto más crecen y más personas son las servidas por ellas, más utilidad prestan a todos. Los sistemas de agua y de drenaje que parecería ser la excepción, dejan de serlo no bien se considera la salud pública. Las supercarreteras, al contrario de lo que sucede con la red de caminos, son falsos servicios públicos. Los servicios satisfacen necesidades básicas y universales. Todo el mundo necesita agua, electricidad, comunicación, transporte, comida, materias primas y un lugar donde intercambiar productos y demás. Sin embargo, las necesidades básicas son limitadas. No se pueden multiplicar indefinidamente. Por lo tanto, se las puede satisfacer sin agotar todo el tiempo, la labor, las materias primas y la energía humana disponibles. Una vez satisfechas, la gente aún tiene una serie de cosas por hacer, siempre y cuando lo desee, y disponga de recursos suficientes para hacerlas. Los dirigentes y administradores de las instituciones democráticas pueden y deben responder ampliamente a los expresos deseos de sus clientes.

Las instituciones que confieren o mantienen ventajas sobre otras instituciones y otros individuos encajan en una descripción diametralmente opuesta a la anterior. Tienden a ser sistemas de producción en lugar de redes de servicios. En los casos en los que se hallan involucradas las redes de servicios, las instituciones a las que ahora nos refreímos tienen el propósito secundario de distribuir un producto particular. En este último caso el acceso es limitado y frecuentemente  muy caro. Una vez que uno se ha sumado a ellas es difícil apearse, siendo la participación a menudo obligatoria, o bien crea hábito. El producto tiende a ser específico, primoroso y de uso múltiple. Se da lugar a importantes desequilibrios de la economía de escala. A cierta altura, la extensión del servicio a nuevos clientes se convierte en un perjuicio para los más antiguos. No satisfacen necesidades básicas, sino necesidades parcialmente inducidos por lo menos.  Sin embargo, una vez inducidas, esas necesidades no tienen límites y nunca pueden ser enteramente satisfechas. La superabundacia conduce al exceso en lugar de a la saciedad. Las instituciones dominantes tienden, por tanto, a convertirse en instituciones totalitarias, que consumen el espacio vital de los seres humanos y la capacidad vivificante de la biosfera. Los dirigentes de las instituciones dominantes deben tomar y mantener la iniciativa. Hay que seducir, manipular y coaccionar a los clientes. Cuando un cliente toma una iniciativa o una elección genuina, ello tiende a minar los requisitos necesarios para el sostenimiento de las instituciones dominantes.

La mayoría de las instituciones existentes sólo encajan de manera parcial en esos prototipos diametralmente opuestos. Algunas de ellas se ciñen mejor o peor: en el caso de las primeras, ciertos servicios públicos; en el caso de las segunda, los establecimientos militares, las prisiones  y los asilos. La mayoría de los productos, los servicios y las instituciones, equidistan más o menos entre ambos prototipos. Los automóviles, los hogares modernos y los utensilios domésticos, no son meramente peores en el juego del status. Por otra parte, llamar telefónicamente a larga distancia empleando para ello una tarjeta de crédito, puede ser pura ostentación o arribismo. La dirección de la compañía telefónica y su publicidad institucional difiere muy poco de las de la General Motors, la cual además de producir automóviles produce también autobuses. Pero, sin embargo, los autobuses los fabrica casi al margen de su actividad. La política y el papel social  de la General Motors vienen determinados por el automóvil particular, considerado primariamente no como un medio de transporte ―tal como Henry Ford  concibió al modelo T― sino como  un símbolo del status. Ahora que se ha inventado el teléfono con pantalla, la compañía  telefónica podría seguir muy bien los pasos de la automovilística. No cualquier persona puede poseer un teléfono de ese tipo,  y parece ser que su empleo podría requerir, además, un espacio privado. Eso puede tener a su vez un desenlace similar al que ha padecido el automóvil. Si la elección queda en manos de los empresarios, existen muy pocas  dudas que la A. T 6 t. (Compañía  Telefónica y Telegráfica Estadounidense) seguirá los pasos de la General Motors. La dirección de un servicio genuinamente público  debe manejar igualmente a su clientela que a su personal. La elección es decisiva. Afortunadamente no es demasiado tarde aún para que el público elija.

 No se trata de una elección entre alta y baja tecnología. No se trata necesariamente de una elección entre la dirección privada o pública, sea de servicios “públicos” o de fábricas “privadas” que elaboren los productos necesarios. Es una elección a la vista de un catálogo que contienen las clases y variedades de productos ofrecidos. Una canasta de compras que el rico pueda llenar interminablemente es incompatible con la libertad, tanto para el rico como para el pobre. Pero esa metáfora es inexacta. La canasta  inexhausta sólo da cabida aquellos productos de la tecnología avanzada que un número suficiente de personas puede ser inducido a comprar. Quien sea capaz de costearlo puede desde luego llenar la canasta de productos hechos a la medida, pero incluso ese tipo de productos pertenece a una artesanía heredada que vive del pasado. Una artesanía vigorosa no puede sobrevivir a una competencia sin restricciones con la tecnología avanzada. La elección tiene lugar, en última instancia, entre dos estilos de vida  completamente distintos. Uno es igualitario, pluralista y relativamente diseminado en lo que toca a las clases de productos y servicios que ofrece.- La gente tiene que hacer las cosas por su cuenta, pero tiene el tiempo y la libertad de hacer lo que quiera. El otro estilo de vida se basa en una jerarquía de privilegios unificada, que tiene el respaldo de la competencia internacional, interpersonal e interclases. Esos tipos de competencia son limitados y altamente estructurados, pero sus premios son relativamente encantadores, a simple vista por lo menos.

Puede ser una posición extremadamente idealista creer que la gente que ya tiene la segunda opción en la mano querrá cambiarla por la primera. Sin embargo, hay indicios de que ello podría suceder y el cambio no sería enteramente voluntario. La contaminación del medio ambiente, la presión de los subprivilegios y los horrores de la guerra pueden ayudar a decidir el asunto. Pero una fuerza ciega no puede hallar soluciones inteligentes a los problemas. Eso sólo pude hacerlo la inteligencia. De ahí que la educación sea tan importante, y de ahí que no se la pueda dejar en manos de las escuelas.

Las escuelas son en sí mismas instituciones dominantes y no redes que ofrezcan oportunidades. Elaboran un producto que luego se vende a sus clientes con el nombre de educación. El hecho de que se concentren  en los niños les otorga una clientela menos crítica y severa, a la que ofrecen los premios ofrecidos por otras instituciones dominantes. Lo s padres desean esos premios para sus hijos, mucho más de lo que los desean para sí mismos,  y se les puede vender  un  futuro color de rosa con mucha más facilidad que una ilusión presente.  Vista de lejos, las falacias de la competencia son difícilmente perceptibles con claridad. Los no-estadounidenses pueden lograr nuestro estándar de vida  si se educan a sí mismo para ganárselo. Nuestros hijos pueden tener lo que nosotros tenemos si se preparan a sí mismo para producirlo. Esas proposiciones suenan muy plausibles, pero cuando se les mira en perspectiva son patentemente falsas. Una carrera por el consumo sin fin siempre debe terminar con el galgo que atrapa a la liebre, con un montón intermedio que obtiene algunas migajas, y con un vagón repleto de rezagados. Ese será el resultado, en términos de naciones, clases e individuos. Las escuelas no sólo impiden ver tal cosa, oscureciéndola, sino que nutren activamente las ilusiones que la contradice. Preparan a los niños exactamente para la competencia interpersonal, interclase e internacional. Producen adultos que creen haber sido educados y que de todas maneras ya no disponen de recursos sobrantes para proseguir con su educación.

Habrá que reemplazar a las escuelas mediante redes de oportunidades que permitan que la gente tenga acceso a los recursos educativos esenciales, incluidos objetos y personas.

EVERETT REIMER, LA ESCUELA HA MUERTO (VI)

6      LOS PILARES INSTITUCIONALES DEL PRIVILEGIO


         En menos de cien años la sociedad industrial ha modelado soluciones patentadas para las necesidades humanas fundamentales, convirtiéndonos a la creencia de que el Creador modeló las necesidades del hombre bajo la forma de demandas para los productos que nosotros mismos hemos inventado. Esto es tan cierto para Rusia y Japón como para la comunidad Nord-Atlántica. Con el fin de que el consumidor  se acostumbre a productos que constantemente se vuelven obsoletos,  se lo entrena mediante una lealtad invariable a los mismos productos, quienes le ofrecerán los mismos “paquetes” de artículos variando ligeramente la calidad o revistiéndolos de una nueva envoltura.

Las sociedades industrializadas son capaces de surtir esos paquetes para el consumo personal de la mayoría de los ciudadanos, pero ello no constituye prueba alguna  de que dichas sociedades sean sanas, económicas o promotoras de un humanismo vital. Lo contrario sí es verdad. Cuanto más se entrenan al ciudadano para el consumo de bienes y servicios empaquetados, menos efectivo parece ser en la modelación de su medio ambiente. Sus energías y sus finanzas se consumen procurando constantemente nuevos artículos de primera necesidad, convirtiéndose el medio ambiente en un producto secundario de sus hábitos de consumo.                                                                                     
                                                                                                            IVAN ILLICH
                                                                                                           Celebration of Awareness

     Las escuelas no son las únicas instituciones que prometen un mundo y se convierten luego en instrumentos de su negación. Eso es lo que las iglesias ―para poner una etiqueta común a todas las instituciones religiosas― han hecho siempre: empaquetar el don gratuito de Dios o de la naturaleza, para, de esa forma, poder pedir un precio por él, reteniéndolo luego fuera del alcance de quienes no podían o no querían pagar dicho precio. Hasta hace muy poco tiempo, las Iglesias sobresalían entre las otras instituciones solamente por su hipocresía. Las demás instituciones tradicionales nunca pretendieron ofrecer un don universal. No lo hicieron siquiera los prehistóricos practicantes de la magia religiosa.
     Con la excepción de las iglesias, las instituciones tradicionales siempre se administraron abiertamente para el beneficio de los administradores. Las cortes, los reinados, los ejércitos, los imperios y las grandes empresas, siempre pertenecieron a sus propietarios; de sus beneficios sólo participaban unos pocos, mediante el pago de una cuota. Recientemente, dos instituciones no religiosas han comenzado a reclamar como suyo el ofrecimiento del acceso a la igualdad; en primer lugar, los estados-nación y sus subsistemas, tales como las escuelas; en segundo lugar, las empresas de la producción moderna.
     No se trata de algo a cambio de nada. Ningún líder religioso prometió jamás algo a cambio de nada, sino simplemente que la puerta estaría abierta a todos Aquellos que siguieran el camino. Esa es la promesa de la que se han retractado las iglesias al fracasar en mantener sus propias puertas abiertas, y ésa es la promesa que muchas empresas modernas y burocráticas públicas proclaman falsamente.
     A medida que el abastecimiento de las necesidades humanas se institucionaliza, las instituciones en cuestión definen el producto particular y controlan el acceso al mismo. Progresivamente, dichas instituciones: 1º, definen el producto o servicio que satisface a la necesidad (por ejemplo, las escuelas definen la educación como escolarización); 2º, inducen entre los necesitados la aceptación de esa definición (por ejemplo, se persuade a la gene para que identifique a la educación con la escolarización); 3º, excluyen a parte de la población necesitada del acceso pleno al producto o al servicio (por ejemplo, a cierto nivel, las escuelas sólo están disponibles para algunas personas); 4º, se apropian los recursos disponibles para satisfacer la necesidad (por ejemplo, las escuelas agotan los recursos existentes para la educación). Las generalizaciones mencionadas son válidas tanto en el caso de la educación como en el caso de la salud, el transporte y muchas clases de necesidades humanas.
     De manera progresiva, la salud va siendo definitiva y concebida como el acceso a los servicios de médicos y hospitales y a los productos de la industria de las drogas. Dicho acceso es notablemente desigual. El costo de los hospitales, los doctores y las drogas, crece más rápidamente que los recursos para pagarlos. También se puede argumentar que la salud de las poblaciones maduras ― aquellas en las causas las tasas de nacimiento y mortalidad convergen ―empeora a medida que aumentan los gastos destinados a hospitales, doctores y drogas. Mediante esos gastos lo único que obtenemos es una vida enferma de mayor duración. La gente puede ser cada vez más indulgente consigo misma a medida que se dispone de más remedios, pero si se dedicaran más recursos al fin de tomar medidas preventivas las tasas de enfermedad y mortalidad declinarían entonces.
     Los hechos aún son más claros en el caso del transporte. En muchos países el automóvil particular ha desplazado prácticamente a sus competidores. En Estados Unidos, la saturación se aproxima al punto de una ganancia disminuyente ―incluso para los propietarios de los automóviles―. Sin embargo, la mitad de la población adulta sigue sin tener un acceso seguro al coche privado, y cuado trata de transportarse lo pasa peor que si los automóviles jamás se hubieran inventado. En la propia ciudad de Los Ángeles, que tiene fama de poseer más coches que habitantes y que se está asfixiado en los gases que ella misma produce, hay tantos conductores con licencia como jóvenes y viejos que no sabe o que no tiene permiso para conducir. Esas personas, incluso las que pertenecen a familias en las que hay algún conductor habilitado, están a expensas de la conveniencia de sus chóferes, o viceversa.
     La provisión de una categoría de necesidades humanas se institucionaliza hasta el grado de que hay un producto estándar o un servicio estándar predominante, una producción y una distribución estándares, y un precio estándar ― con un concepto de precio que incluye todas las condiciones de acceso significativas―. Vale la pena hacer notar que las personas expulsadas del mercado por los precios no sólo están convencidas de que son indignas de participar en él ―por ejemplo, de su incapacidad para llevar a cabo estudios universitarios o de usar la ropa que se estila ―, son que están convencidas también de que tampoco reúnen méritos para participar de los privilegios que la educación, universitaria y la moda implican.
     Mientras no se popularizó la democracia y se institucionalizó la tecnología no se puedo demandar la participación política y económica de todos. Ahora esas pretensiones parecen plausibles y reciben amplio crédito. Los afortunados de esas demandas aparecen con productos específicos que han sido diseñados para satisfacer necesidades específicas. Elaboran un paquete que se hace cada vez más complejo, más exclusivo en cuanto el acceso que se tiene a él, y más costoso. Sin embargo, la identificación de la necesidad con el producto es más básica que la propia elaboración del mismo. Las palabras educación y escuela, salud y hospital, automóvil y transporte, se convierten en términos intercambiables e inseparables. La gente se olvida que antes de existir las escuelas había ya hombres con educación, que antes de existir hospitales había hombres sanos, y que antes de conducir y volar los hombres caminaban y cabalgaban.
     A medida que crecen las instituciones crece el número de personas que aceptan la identificación de la necesidad con el producto. En la Europa medieval, los judíos y los moros fueron los únicos que no identificaron la salvación con la Iglesia. Las mujeres, que durante siglos dieron a luz en los campos, lo hacen ahora en las maternidades. Campesinos que jamás han visto una escuela, votan por los candidatos que las prometen.
     Las mujeres y los campesinos no son seres irracionales. Unas y otros saben que quienes van al hospital y a la escuela viven más desahogadamente. Y también se dan cuenta de que quienes viven con más desahogo tiene más libre acceso a escuelas y hospitales, confundiendo frecuentemente la causa con el efecto. Eso no tiene nada de sorprendente porque los investigadores más astutos son a menudo incapaces de diferenciarlos. Son raros los casos en que se puede demostrar concluyentemente la eficacia de un tratamiento médico o educativo.
     La elaboración del producto impide eficazmente el acceso de todos al mismo tiempo, inclusive en el caso de los productos más sencillos. Los alfileres y las agujas se empaquetan en colecciones cada vez más excéntricas. La sal se convierte en un monopolio y en una forma de impuesto. Una de las primeras luchas de Gandhi en la India estuvo dirigida contra el monopolio de la sal ejercido por el gobierno británico. El gobierno italiano mantiene todavía un monopolio sobre la sal, a excepción de Sicilia, que es donde se produce. Todos saben lo que pasa con las escuelas, los hospitales y los automóviles, los precios excluyen a la gente del mercado no sólo de manera directa sino mediante reglas cada vez más complicadas ― como las licencias para conducir, los exámenes de ingreso o los requisitos de seguros ―. Todas esas reglas se fundan en buenas razones, pero su proliferación tiende a reducir la proporción de consumidores habilitados.
     Hay, desde luego, procedimientos que operan en sentido inverso. Peude que el acceso neto a las instituciones modernas llegue incluso a crecer gradualmente, debido a los créditos para el consumidor, los ingresos crecientes, el aumento de los sistemas públicos de escuelas y hospitales, etc. pero es indudable que, es lo cierto que cada vez sufre más sus consecuencias debido a la consolidación del monopolio de este o aquel producto institucional, no quedan recursos sobrantes que permitan la elaboración de productos alternativos. El apoyo a las alternativas educativas debe disminuir a medida que crecen los presupuestos escolares. Quienes abandonan la escuela no sólo disponen cada vez de menos recursos educativos, sino que tienen cada vez menos oportunidades de empleo. Y por último, menos excusas. Cuanto mayor es el número de automóviles hay menos trenes y autobuses; los que quedan son más caros, menos satisfactorios y rentables.
     Durante la última década, el número de nuevos propietarios de automóviles en el mundo entero aumentó en no más de veinticinco millones. Quizá un número aproximadamente equivalente disfrutó por primera vez los beneficios de los servicios médicos modernos. El número de niños escolarizados puede haber aumentado en cien millones. Pero durante esa misma década la población mundial aumentó en más de quinientos millones, de manera que el número de quienes carecieron de cualquiera de esos servicios aumentó mucho más que el número de quienes los obtuvieron. Durante el mismo período, los precios expulsaron del mercado a un número mayor de personas. El precio de los automóviles aumentó sustancialmente, en tanto que el costo de servicios médicos y escuela se multiplicó varias veces. Mientras tanto, el ingreso per capita, calculado sobre una base mundial, creció apenas. De no haber existido incluso un crecimiento demográfico, y de haber quedado las cosas como antes, el número de personas expulsadas del mercado por los precios de los artículos y los servicios modernos de la década del 60, habría sido mayor que el número de personas incorporadas el mismo.
    Tampoco se puede descartar las cifras antes mencionadas diciendo que la década del 60 fue mala y que las principales instituciones no funcionaron tal como se había previsto. Las instituciones no pueden funcionar de ninguna otra manera en un mundo dominado por la competencia por el privilegio. Los ya privilegiados continúan exigiendo mejores escuelas, mejores hospitales y mejores coches. A medida que aumenta el número de quienes disfrutan de esas mercancías crece el número de personas a las que hay que suministrar “paquetes” de artículos cada vez más caros, de manera que se vuelve extremadamente difícil extender privilegios semejantes a un círculo de población cada vez mayor. Incluso si no hubiera existido un crecimiento demográfico, los factores mencionados y las limitaciones ecológicas harían imposible llegar a universalizar el estándar de vida característico de Europa y Estados Unidos.
     Los excluidos no son los únicos que sufren; y quizá ni siguiera los que más. Padecen más agudamente los que participan de manera limitada. Imaginen la angustia de gentes devotas cuyos parientes penen en el purgatorio mientras los parientes de los vecinos más ricos reciban profesionales plañidos camino del paraíso. Imaginen el tormento actual de personas que tiene que dejare morir a sus familiares, porque los que pueden pagar ejercen un monopolio sobre los donantes de corazones y riñones. Los afortunados no sufren. Pero puede ser que salgan peor heridos porque se les engancha a un juego que no tiene fin y que nadie puede ganar. La lucha de los ricos contra la vejez y la muerte constituye un grotesco ejemplo de ello. La pugna del status, aunque quizá menos macabra, es mucho peor; a medida que abarca un mayor número de productos y personas, envenena el aire, el agua y la tierra chupando el verdadero significado de la vida. Una ardilla encerrada en una jaula con un mecanismo giratorio no es más desesperante y ridícula que los Smith y los Jones tratando de estar cada uno a la altura del otro.
     El informe de Veblen sobre el consumo conspicuo, escrito hace más de setenta años, era parte de una teoría sobre la clase ociosa. Confinado a esa clase, el consumo competitivo pudo haber sido moralmente ofensivo, pero no pasó de ser socialmente tolerable. Extendido a las masas, el consumo competitivo destruye al hombre, a su sociedad y a su medio ambiente. Una clase ociosa limitada podía consumir a expensas de las masas. El consumo sin fin sólo puede tener lugar a expensas del consumidor. El hombre no es más capaz de sobrevivir en una jaula que la ardilla. La sociedad no puede sobrevivir a un conflicto de clases atizado por el calor de la guerra internacional, la publicidad universal y la escolarización competitiva. El mundo no puede absorber el desperdicio que actualmente se le arroja encima ― para no mencionar siquiera la cantidad de despilfarro que las tendencias actuales implican.
     La competencia entre naciones por el consumo competitivo de productos institucionalizados es un aspecto que tiene una importancia crítica. Los productos más antiguos de las instituciones modernas ― tanto personas como bienes y servicios ― se exportaron desde Europa al Nuevo Mundo y a las colonias europeas, proveyendo de esa forma oportunidades para todos los miembros de la población de las naciones europeas. Quienes no podía asistir a las nuevas escuelas o compara las nuevas mercancías, podía o bien emigrar el Nuevo Mundo, o bien ser reclutados como soldados para controlar las colonias o adueñarse del terreno de quienes se iban. Por lo tanto, los precios sólo expulsaron temporalmente el mercado a esas personas. Los hijos de los conquistadores de nuevas tierras se convirtieron, de hecho, en los pioneros de los nuevos niveles y tipos de consumo humano. Salvo en algunos casos, las naciones que actualmente se hallan en vías de desarrollo no pueden desplazarse o conquistar a pueblos más débiles. Lejos de poder embarcar a toda su población en el comercio de exportación, la emigración o la conquista, esas naciones se ven abocadas a competir dentro de sus respectivos mercados con productos extranjeros importados, incluida la mano de obra.
     El sector de la población de las naciones subdesarrolladas que no pueden tener acceso a las escuelas, los hospitales y el transporte moderno, debido a los precios de los mismos, es mucho mayor si se lo compara con el de aquellas naciones que se desarrollaron antes. Ese sector va siendo progresivamente alienado de la élite de su propia nación, de aquéllos que en cambio sí tiene acceso a los productos de las instituciones modernas, sean extranjeras o indígenas. A su vez, las masas alienadas se convirtieron en un estorbo demográfico, una trabazón económica y, finalmente, en oposición política.
     La mayoría de las instituciones continúan sirviendo a los intereses de sus inventores al mismo tiempo que al os intereses de quienes originalmente se hallaban en la periferia de ellas, pero a expensas de un grupo cada vez más periférico.
     La anterior afirmación no habría suscitado mayor interés en la época en que los imperios políticos eran las instituciones prominentes. Los privilegios de los ciudadanos romanos se extendían sólo con la conquista de territorios adicionales. Marx aplicó el principio a las instituciones capitalistas. Nosotros lo hacemos extensivo meramente a otras instituciones, liberándolo posiblemente de su dependencia de la noción de explotación posiblemente de su dependencia de la noción de explotación deliberada. La mayoría de quienes intentan universalizar la escolarización y el servicio de los hospitales creen sinceramente que actúan defendiendo el interés de los que aún no han sido escolarizados ni curados.
    La dificultad estriba en que, en lugar de ser dueños de nuestras instituciones, somos sus prisioneros. Rara vez diseñamos una institución, y cuando lo hacemos, antes de completarla nos hallamos ya reverenciándola. Nos encontramos tan esclavizados por ellas que temblamos de miedo ante la sola idea de perderla inadvertidamente y volver a caer en la barbarie. En realidad, ese miedo se circunscribe principalmente a los privilegios; lo que nosotros tememos verdaderamente es que en medio d la confusión se pierdan las bases específicas de nuestro propio privilegio.
     La dificultad tiene por lo dicho tanto un aspecto psicológico como un aspecto político. Hay quienes se benefician de las instituciones actuales y desean conscientemente conservarla. Entre ellos se cuentan los propietarios, los empresarios, los líderes políticos y los que detentan el poder, incluidos los ciudadanos corrientes de las naciones privilegiadas. Pero hay muchos que tiene poder y carecen de un deseo consciente de monopolizarlo; y muchos que, manipulados por el poder, se entregan a la ilusión del mismo en lugar de a su realidad. El hombre no puede liberarse de las actuales instituciones sin luchar, pero tampoco la lucha será útil si no va precedida de la imaginación y la inventiva., uno de los mayores problemas radica en que actualmente las naciones desarrolladas tiene un monopolio efectivo ― y acaso necesariamente deliberado ― de los medios de la inventiva moderna.
     Las teorías de la revolución política no son suficientes. Las mismas suponen que con que una clase gane el control la sociedad cambiará de acuerdo con los valores de esa clase según vienen expresados en su ideología. En la práctica vemos cómo a lo largo del siglo gran número de revoluciones han dejado intactas a la mayoría de las instituciones especializadas que constituyen la sociedad. Las escuelas y los hospitales de los países comunistas no se diferencian de las escuelas y los hospitales de los países capitalistas. Inclusive la reciente revolución cubana está tratando de extender a las masas los servicios de sanidad y educación especialmente a través de los tradicionales sistemas de escuelas y hospitales. Las instituciones agrícolas e industriales de los Estados comunistas y capitalistas tienden a converger, a pesar de los grandes esfuerzos que hacen ambas partes para ser diferentes. De acuerdo con la teoría prevaleciente, la tecnología suministra la fuerza que derrota a esos esfuerzos, pero la tecnología apenas si explica el caso de la escuela, la Iglesia, la familia, o muchas otras instituciones que, al menos por ahora han vencido a los esfuerzos que los gobiernos revolucionarios han hecho por cambiarlas.
     Existe, sin embargo, una amplia evidencia de que las instituciones en manera alguna son eternas. Durante este siglo han desaparecido monarquías, se han hundido imperios políticos, ha habido iglesias que perdieron su poder si no su feligresía, los ejecutivos y los técnicos han sustituido a los entrepreneurs, han desaparecido grandes industrias y aparecido otras. La mayoría de estos cambios son casi totalmente inexplicables; otros, especialmente los cambios políticos, han tenido lugar como resultado de planes específicos, en ocasiones basados en una teoría general de la revolución política. El hombre se ha mostrado capaz de crear y destruir instituciones, con o sin una base planeada, con o sin teorías. El mismo tiempo, e hombre sigue siendo prisionero de sus instituciones hasta un grado que linda con lo inimaginable. La única manera de romper su esclavitud es comprendiéndola primero totalmente, y planeando deliberadamente luego la renovación y el reemplazamiento de sus actuales estructuras institucionales. Esa es una condición necesaria, pero no suficiente. La lucha no se puede evitar, pero una lucha sin la adecuada comprensión y el planeamiento previos ha probado ser una y otras vez inútil.
     La comprensión y la acción efectiva requerirán una teoría general del cambio institucional. Debemos desarrollar instrumentos conceptuales que sirvan para analizar las instituciones, de modo que se pueda comprender el proceso histórico que de modo que dio lugar a ellas, el proceso sociológico que las hizo aceptables, y las limitaciones que ahora imponen a la búsqueda de alternativas ―no sólo las limitaciones en cuanto al acceso al poder y a los recursos, sino también las impuestas a la imaginación creadora. Debemos desarrollar un lenguaje que nos permita hablar con precisión acerca de las necesidades del hombre moderno; un lenguaje liberado del que han acuñado las instituciones y que los hombres han llegado a aceptar como definitorio de sus necesidades


EVERETT REIMER, LA ESCUELA HA MUERTO (V)

5 DE DÓNDE SALIERON LAS ESCUELAS



     Un solo estante de una buena biblioteca europea valía por toda la literatura nativa de India y Arabia… No creo que resulte exagerado afirmar que toda la información histórica que se ha obtenido de todos los libros en lengua sánscrita es menos valiosa que lo que se puede encontrar en los compendios más baratos empleados en las escuelas preparatorias de Inglaterra…

     Creo que es claro que… ni como lenguas de la ley ni como lenguas de la religión tienen el sánscrito y el árabe pretensión peculiar alguna que hacer a nuestro compromiso, a saber, el de que es posible convertir a los nativos de este país en perfectos académicos ingleses y que nuestros esfuerzos deben ser dirigidos a ese fin… En la actualidad, debemos hacer cuanto podamos por formar una clase cuyos miembros sean intérpretes entre nosotros y los millones que gobernamos, una clase de personas hindúes en cuanto a la sangre y el color, pero inglesas en cuanto a gusto, opiniones, ética e intelecto.

                                                                   Lord Macaulay

Minuta parlamentaria acerca de la educación hindú.
         La escuela es una etapa dentro de una sucesión de instituciones especializadas. Los ritos prehistóricos, los mitos, y los chamanes; los templos y las castas sacerdotales; las escuelas sumerias, griegas, alejandrinas y romanas;  las órdenes monásticas; las primeras universidades, las common schools  y las grammar schools,*  todos ellos han jugado un papel en la historia de los actuales sistemas escolares estadounidenses e internacionales. La especialización progresiva del contenido, el método, el personal, y la ubicación del aprendizaje humano socialmente organizado, constituye una de las tendencias históricas más instructivas. Dicho aprendizaje incluía originalmente mucho más de lo que hoy llamamos educación. Como todos saben, la escolarización incluye mucho menos.

         Desde 1820, la arqueología y la antropología han extendido la historia del hombre en decenas de millares de años. Hasta donde es posible comprobar, el hombre siempre ha estado involucrado en actividades especializadas que tienen mucha relación con lo que sucede en las escuelas. Los ritos ―prácticas simbólicas aparentemente innecesarias para la satisfacción de las necesidades materiales elementales― siempre han sido parte del repertorio humano. Hasta donde es posible comprobar también encontramos evidencia de pueblos y lugares especializados en y para el empleo del rito y el ritual. Algunas de las pruebas más antiguas aún se hallan en su sitio; las cuevas del sur de Francia y del norte de España, célebres por sus pinturas de animales prehistóricos, eran usadas aparentemente más que nada para prácticas rituales. Las únicas figuras humanas incluidas en las pinturas son chamanes, los cuales combinaban el papel del maestro con el del sacerdote, el mago, el actor, el artista, el poeta y el ideólogo. Por lo menos esas son las actividades que reúnen los chamanes de tribus actuales cuya tecnología y arte se parecen a las del hombre prehistórico.

         Fundándose tanto en evidencia arqueológicas como en modernas evidencias antropológicas, parece ser que los ritos prehistóricos participaban de algunos de ciertos elementos presentes en los currículos actuales. Tenían un protagonista de una edad determinada que representaba los mitos vinculados con el nacimiento, la adolescencia y la muerte. Explicaban y celebraban tanto los aspectos cotidianos como los aspectos insólitos del mundo. Ofrecían actividades para los períodos ociosos que seguían a la caza o a la cosecha. Permitían a los jóvenes probarse en los papeles de los adultos.

         La invención de la escritura, que más o menos tuvo lugar al mismo tiempo que el establecimiento de las ciudades y las grandes religiones, marca la línea divisoria entre el tiempo prehistórico y el histórico. La educación surgió de la práctica del culto y del gobierno. El atrio del templo fue su hogar más antiguo; siendo los sacerdotes especializados sus primeros practicantes. La propia escritura probablemente fue inventada por esos especialistas. Los chamanes y los sacerdotes constituyen por tanto el eje no sólo del desarrollo de los maestros y las escuelas sino también de la evolución del hombre. El cerebro, la mano y la lengua; la horda, la villa y la ciudad; la magia, la religión, el arte y la ciencia: ésos son los pilares del desarrollo físico, social y espiritual del hombre. El sacerdocio de la religiones, especialmente en las ciudades, heredó de sus primos campesinos ―los chamanes― una mezcla de magia, religión, arte y ciencia, que luego se fue desarrollando y especializando. Se ha establecido con bastante claridad que no sólo la escritura, sino también la contabilidad y las matemáticas, la astronomía y la química, la música, la pintura y la poesía, tuvieron su desarrollo inicial en el atrio de los templos de las castas dirigentes egipcias, sumerias y otras, que combinaban las funciones del sacerdote y del rey. La primera enseñanza formalizada de estas artes ―que hasta la fecha constituyen el grueso del curriculum central― se llevaba a cabo según un tipo de enseñanza maestro/aprendiz. Con anterioridad a eso debió existir un tipo de enseñanza entre personas iguales, en la que un individuo compartía sus descubrimientos o adelantos con otros individuos. He ahí, en el origen mismo del conocimiento sistemático, una de las dos raíces principales de las escuelas modernas.

         La otra raíz, mucho más modesta, hace su primera aparición en un aula sumeria construida para albergar a unos treinta niños. El descubrimiento de la misma ha hecho especular que el tamaño modelo de la clase moderna se puede haber basado en las limitaciones sumerias, fuera de ladrillos o de arquitectos.

         Platón y Aristófanes fueron los primeros que dejaron perdurables registros escritos del aula y la escuela. Las primeras escuelas de la Atenas clásica eran muy modestas ―menos apéndices de un programa educativo que ponía énfasis en el entrenamiento militar, la gimnasia, la música y la poesía, y que enseñaba lectura, escritura y aritmética, en segundo orden de importancia. En sus orígenes toda la educación ateniense era tutelar― lo cual sólo era un aspecto de relaciones interpersonales que a menudo eran también eróticas. A medida que Atenas se fue haciendo más democrática, y que los alumnos comenzaron a superar numéricamente a los maestros, la instrucción por grupos comenzó a reemplazar gradualmente a las relaciones tutelares.

         Poco después de la primera referencia griega escrita a la instrucción de las artes literarias y las habilidades técnicas entre grupos de personas, aparecieron mencionadas las escuelas de medicina y filosofía, y, un poco más tarde, un tipo de escuelas dirigido por filósofos sofistas. Estos primeros modelos de escuelas intermedias se basaban en contratos entre el maestro y un grupo de padres, con el fin de instruir a los hijos durante un período de la adolescencia de tres a cuatro años. Los sofistas fueron los primeros maestros pagados de los que tenemos conocimiento por escrito, y el objetivo perseguido por ellos era, lógicamente, de tipo práctico: hacer de sus alumnos brillantes hombres públicos y comerciantes.

         A partir de esos mezquinos comienzos que tuvieron lugar en el Siglo de Oro  de Grecia, florecieron, en las colonias helénicas que las conquistas de Alejandro esparcieron por todo el viejo mundo, sistemas escolares proféticos de los nuestros en cuanto a organización, curriculum y agrupamiento de los estudiantes por edades. Primero los niños aprendían a leer, escribir y contar; luego se les enseñaba gimnasia, música, clásicos literarios, geometría y ciencia. Los museos de Alejandría y de otras ciudades se especializaron en la enseñanza de la medicina, la retórica y la filosofía. La mayoría de estos centros, patrocinados en gran parte por familias griegas, recibían financiamiento privado, si bien algunas ciudades pequeñas tenían sistemas públicos en tanto que otras recibían el respaldo de fundaciones establecidas por hombres ricos. Uno de los principales objetivos de estas escuelas era mantener viva la tradición helénica dentro de un mundo bárbaro. Sólo una reducida minoría de la población griega del mundo alejandrino supo aprovecharlas.

         Los romanos adoptaron la escuela helénica y, con algunas modificaciones mínimas, la emplearon para educar a su propia élite. Por lo tanto, desde la caída de Atenas hasta la caída de Bizancio se escolarizó a una ínfima minoría de la población mundial de manera parecida a la que se emplea en la actualidad. Sin embargo, la escuela no fue una institución importante en la época grecorromana o en la bizantina. Su importancia para nosotros radica en su papel de preservar en Europa Occidental la fama y un poco de la cultura de la antigua Grecia hasta la época del Renacimiento.

         Excepto en el caso de Bizancio, la caída de Roma resultó en una unión de educación y religión que habría de durar mil años.  Las instituciones educativas de la Edad Media fueron las escuelas de las catedrales y los monasterios. Además que más especializadas que el templo, en cuanto a sus fines, eran también más limitadas en cuanto a su papel educativo; introdujeron, sin embargo, un buen número de ideas importantes en la historia de la educación occidental. En los primeros monasterios benedictinos, el espacio y el tiempo se convirtieron en los parámetros tanto del aprendizaje como de la vida. Cada hora de la vida benedictina tenía su sitio y su tarea indicados. La adhesión  a ese régimen constituía  la vida buena; no era necesario ningún producto exterior ni ningún otro signo para atestiguar la eficiencia de la vida así vivida.

         Las órdenes subsiguientes, dominica y franciscana, se basaron en principios diferentes. La dependencia de la caridad de los demás y la identificación con los pobres reemplazaron a los lazos del tiempo y el espacio. Como en el caso de los rituales benedictinos, no se concibió la limosna ni el cuidado de los enfermos y los desamparados como un entrenamiento para la vida subsiguiente sino como un modo de vida.

         Los jesuitas revivieron el principio de la educación entendida como preparación, cuando en el siglo XVI extendieron y racionalizaron la escolarización más allá de los límites establecidos en la época grecorromana. Las antiguas escuelas jamás pasaron a ser una pequeña parte de un programa educativo que era el producto de la tradición y no de una premeditación racional. Los jesuitas elaboraron un curriculum y un método educativo diseñado deliberadamente para preparar a los hombres no sólo con vistas a una vida común y corriente sino para una vida de perspectivas y riesgos sin precedentes. Por lo menos una parte del subsecuente crecimiento de la escolarización se debe sin duda a sus brillantes éxitos iniciales. La escolarización jesuita, que en sus orígenes iba dirigida a miembros de una orden religiosa elitista, se extendió muy pronto a las élites laicas del mundo medieval europeo. La proporción de esta extensión y las circunstancias en las que tuvo lugar evocan vivamente el crecimiento repentino de la escolarización griega posterior a las conquistas de Alejandro. Fue la inseguridad de las colonias griegas de la época de Alejandro, más que la dominación, lo que motivó que construyeran escuelas y dependieran de ellas. Fue l inseguridad de la Iglesia Católica en tiempos de San Ignacio lo que dio lugar a la formación y al rápido crecimiento del sistema de escuelas jesuitas. En ambos casos se vio en la escuela un medio para preservar un conjunto de valores que perdían claramente su predominio.

         Esta cronología de las órdenes cristianas se adelantó por lo menos en un gran acontecimiento a la historia de la escolarización: el establecimiento de las universidades medievales. Dedicadas en sus orígenes al estudio de la teología cristiana, se ramificaron muy pronto para enseñar en otros campos de conocimiento convirtiéndose en instituciones independientes mucho antes de la Reforma, hasta donde eso era posible en la Europa Medieval. Las universidades de Bolonia, Salerno y París, junto a sus contrapartidas en el mundo musulmán, fueron las primeras instituciones dedicadas principalmente al desarrollo y la propagación del conocimiento. También fueron, desde luego, los antecesores directos de las universidades modernas y, por ende, del más alto nivel de los actuales niveles escolares.

         Lutero y sus seguidores, coincidiendo precisamente con el descubrimiento de Gurtenberg, dieron un vasto estímulo al crecimiento de las escuelas inferiores en el norte de Europa. La impresión de biblia a gran escala, y la doctrina de que la salvación se derivaba directamente de ellas, determinó que enseñar a leer se convirtiera en un imperativo moral para los protestantes que podían costearlo. La revolución industrial, pisándole los talones a la Reforma, suministró la última condición necesaria para la rápida proliferación de las escuelas, proporcionando no sólo los medios sino también una razón secular para la expansión del alfabetismo.

         El simple crecimiento cuantitativo de las escuelas no tuvo como consecuencia el surgimiento de sistemas escolares. Esta dimensión de la escolarización acabó por parecer con el estado-nación. Así, en tanto que las escuelas públicas brotaron primero en los Estados Unidos federados, los primeros sistemas escolares integrados se desarrollaron en Francia y Prusia. EL desarrollado en Prusia, a pesar de ser más tardío, era mucho más nítido, convirtiéndose por ello en un importante modelo internacional. En Prusia, y más tarde en Alemania, el desarrollo del sistema escolar fue parejo con el desarrollo del estado-nación, y diseñado deliberadamente para ser uno de los principales pedestales de este último.

         Un aspecto del sistema escolar germánico consistió en la enseñanza del Alto Alemán, lenguaje de la escuela y lengua unificadora del estado. Otro aspecto fue un curriculum común a todos, dividido en niveles e integrado-diseñado para cubrir las necesidades militares, política y laboral de la nación. Un tercer aspecto fue una profesión magistral jerárquicamente organizada. El aspecto más importante fue una filosofía de la educación cuidadosamente pensada, que se reflejaba en la organización escolar, la logística, el curriculum, el reclutamiento de maestros, los métodos de enseñanza y el ritual escolar, y cuyo objetivo era producir una ciudadanía cortada según el patrón de las especificaciones de los arquitectos del estado-nación alemán. Ningún otro sistema nacional ha sido diseñado tan sistemáticamente. Pero en todas las naciones, al copiar en mayor o menor grado las características principales del sistema alemán, han adoptado, de hecho, sus objetivos y sus métodos. Quizá sea Inglaterra la nación que haya copiado menos, pero hasta las ex-colonias inglesas imitaron el patrón alemán más que la propia metrópoli.

         En Francia, la idea de un sistema escolar surgió primero en parte como una oposición a los jesuitas, quienes en el siglo XVI se encontraban entre los principales educadores de élites.  A pesar de la supresión de la orden en 1763, y de los intentos de los legisladores de la Revolución Francesa, las escuelas públicas no adelantaron mucho. Después de la restauración de la monarquía, los jesuitas y los Hermanos de la Doctrina Cristiana ―éstos en el nivel de primaria―, jugaron nuevamente un papel importante en la educación francesa. La ley de reforma educativa de 1834 exhortaba a unas relaciones amistosas entre la Iglesia y el Estado, pero la colaboración resultante no sobrevivió a la crisis creada por la derrota francesa de 1870. Muchos atribuyeron el poder de las armas prusianas a la eficiencia de su sistema escolar nacional, no escatimando esfuerzos para iniciar un sistema similar en Francia.

         También en Estados Unidos las escuelas públicas han tenido una historia larga y complicada. A pesar del temprano establecimiento de escuelas públicas en Nueva Inglaterra, Pensilvania y Virginia, largo tiempo quedaron estas bajo control local y, salvo en el caso de Nueva Inglaterra, fueron privilegio de una minoría relativamente reducida. Las escuelas iniciales de Nueva Inglaterra eran casi universales sin ser obligatorias, porque sus promotores participaban de un concepto común del hombre, de Dios y del mundo. Aún en Nueva Inglaterra, la escolarización pública se hizo mucho menos que universal bajo la influencia de los inmigrantes no puritanos que comenzó a principios del XIX. De hecho este lapso fue, dentro de una corta tradición de escolarización universal, lo que llevó a Horace Mann a formular el moderno concepto estadounidense de la escuela pública. Las escuelas públicas de Mann requerían la asistencia a clase porque era necesario que personas de orígenes, valores y fe distintas, se reunieran para compartir la concepción común que los peregrinos originales habían dado por establecida. Estos dos enfoques de la escolarización pública universal ilustran las contradicciones que pusieron un final deplorable a una gran promesa. Thomas Jefferson, Orestes Brownson, y John Dewey, vieron en la educación universal un medio para equipar a los hombres con lo necesario para descubrir sus creencias y forjar sus instituciones. San Ignacio de Loyola, Johan Gottlieb Fichte y Horace Mann vieron en un proceso similar el medio de moldear a los hombres según los requerimientos de los fines sociales y las instituciones, cuya valides prioritaria ellos asumían.

         Estas tensiones ideológicas se combinaron hasta hacer que las escuelas públicas fueran populares tanto entre los privilegiados como entre los desheredados de la fortuna. Estos últimos albergaban la promesa de la igualdad de oportunidades; para los primeros, la promesa de una ordenada progresión controlada por la élite. Ambas promesas se cumplieron hasta cierto grado, pero las contradicciones inherentes en cada una de ellas se fueron haciendo más obvias a medida que la balanza del poder cambió de manos de los ciudadanos  a las del estado. En su época, Locke y Jefferson prevalecieron. El esfuerzo más reciente de John Dewey por poner de nuevo las riendas en las manos de los hombres solamente recibió una atención verbal.

         Las medidas organizativas, legales y judiciales, que han amalgamado a decenas de miles de distritos escolares locales nominalmente independientes y a miles de colegios y universidades para constituir el sistema educativo nacional estadounidense, son el lógico fruto de una filosofía para la cual las escuelas sirven a los objetivos nacionales. La popularidad de tal filosofía no tienen nada de sorprendente en un siglo que ha visto más que triplicarse el número de naciones del mundo. La proliferación del estado-nación es claramente uno de los principales factores que motivó el crecimiento del sistema escolar internacional. Sin embargo, e independientemente de las razones, el actual desarrollo de ese sistema constituye uno de los hechos sorprendentes de la historia humana. Las escuelas son, desde luego, sólo una de las instituciones tecnológicas que se han extendido desde Europa y Norteamérica hacia el resto del mundo, pero todas las otras so n mucho más fáciles de explicar y ninguna se ha extendido tanto como la escolarización. La escolarización universal se ha convertido en parte integrante del programa oficial de prácticamente todas las naciones. Cada estado debe tener su universidad, cada ciudad su escuela secundaria, cada villorrio su escuela primaria. Todas las naciones establecen sus modelos de curriculum, sus organizaciones y estándares escolares, copiando a las naciones más avanzadas. Las naciones capitalistas y comunistas compiten para ver cuál escolariza más a su población, con una argumentación tan mínima en cuanto a los estándares de la competencia como la que se da en las Olimpiadas.

         ¿Cómo se explica esto? La tecnología, el incentivo de la ganancia y la lucha mundial por el poder, explican la mayor parte del crecimiento de las instituciones internacionales. Pero ninguno de ellos explica directamente el caso de la escolarización. Las similitudes entre las constituciones y los códigos legales se pueden explicar en algunos casos como residuos imperiales y en otros como emulaciones ideológicas. La expansión de los hospitales y de la tecnología médica se puede atribuir a la demostrada eficacia de algunos aspectos de la medicina moderna por lo menos. Nada hay comparable en el caso de la escolarización moderna; las escuelas son tan libres de la obligación de demostrar su eficacia como lo eran los monasterios benedictinos.

         La dominación mundial ejercida por Europa durante los siglos XVIII y XIX ayuda a explicar la existencia de los sistemas escolares en las antiguas colonias. Las escuelas japonesas son explicables parcialmente también como un fenómeno colonial, desarrollado como una parte del patrón occidental general y adoptado para impedir la colonización. En aquellas partes del mundo menos influenciadas por la industrialización europea y estadounidense, las escuelas se han quedado claramente a la zaga. Éstas han prestado un servicio fundamental a la consolidación de los nuevos estados-nación que crecieron a partir del naufragio de distintos imperios. Las escuelas sirven también a las élites de estas nuevas naciones, otorgando acceso a la política internacional, la economía y la cultura. Sin embargo, ello no explica la popularidad internacional de que goza la educación masiva. Es posible rastrear históricamente las explicaciones verdaderas hasta llegar a las dos explosiones escolares previas ―la que tuvo lugar bajo Alejandro, y la jesuita. Como se ha hecho notar, ambas ocurrieron en momentos en que los sistemas de valores tradicionales corrían peligro. Éste es nuevamente el caso, pero en esta ocasión los valores involucrados son mucho más básicos y universales que los de la Hélade o los de la Europa Medieval. En la actualidad lo que se cuestiona son los supuestos de una sociedad basad en la jerarquía de privilegio. La tecnología que invalida esos supuestos ha creado el antídoto para sus propios efectos: un sistema escolar que promete acceso universal a las mercancías pero que de hecho lo niega.

         Por primera vez en la historia, la tecnología libera al hombre de tener que ganarse el pan con el sudor de su frente. Todas las sociedades pre-industriales requirieron que cerca del 80% de la fuerza laboral se concentrara en la agricultura. Hoy día, con el empleo de las técnicas existentes, el 5% de la fuerza laboral se una sociedad moderna podría producir todos los bienes agrícolas e industriales que se consumen corrientemente.

         Aún hoy, el 10% de la fuerza de trabajo de Estados Unidos produce el 90% de su producto agrícola e industrial. Y esos es casi enteramente lo que sucedía antes de la aplicación de los métodos automáticos actuales y de cara a las extendidas presiones sindicales para proteger a los empleos. Sin embargo, Estados Unidos está produciendo más excedentes agrícolas que nunca, en tanto que paga miles de millones de dólares a los productores para que restrinjan la producción. Con vistas a la exportación comercial se producen mercancías industriales por valor de varios miles de millones de dólares adicionales, muy por encima del valor de las mercancías importadas. Mientras se llevan a cabo programas espaciales y de investigación masivos, hay una inmensa cuenta de mercancías militares. Si trabajadores y empresarios se pusieran de acuerdo sobre el objetivo, el 5% de la fuerza laboral estadounidense podría producir en muy pocos años las mercancías que la población civil estadounidense consume corrientemente. Esta factura de mercaderías, a pesar de estar muy mal distribuida y despojar a muchísima gente, es sin embargo un enorme desperdicio en cuanto a su composición media. Provee una dieta excesiva y de todas maneras insalubre, ropa que se descarta porque pasa de moda y no porque se gaste, mercaderías de las llamadas duraderas que en realidad están hechas para gastarse en pocos años, inmensos envoltorios que no hacen más que multiplicar los problemas de la contaminación, y una increíble cantidad de chatarra que sólo sirve para aliviar el tedio de gentes a cuyas vidas, dedicadas al consumo y a la producción de bienes y servicios, se las ha extraído su significado verdadero. Con la mitad de todo eso viviríamos mucho mejor. Una sociedad de ese tipo no necesita una jerarquía de privilegios por ninguna de las razones que han justificado tal jerarquía en el pasado.

         Las instituciones modernas han asumido la carga de mantener y justificar una continua jerarquía del privilegio. Entre esas instituciones, la escuela juega un papel neurálgico. Inicia a cada generación en los mitos de la producción y el consumo tecnológicos, en las ideas de que todo lo que será consumido debe primero ser producido, y de que se debe consumir cuanto se produzca. No sólo los bienes, sino también los servicios y el conocimiento se convierten en mercancías. La escuela celebra los rituales que reconcilian mito y realidades de una sociedad que sólo en apariencia pretende ser para todos. La escuela prepara a los hombres para papeles especializados dentro de instituciones especializadas, seleccionándolos y moldeándolos tanto en términos de  habilidades como de valores. Por su propia estructura jerárquica integra compuesta por el poder y el privilegio.

         La escuela habilita a los hombres para la participación en otras instituciones, condenando a quines no satisfacen los requerimientos escolares a no merecer papeles deseables en otras instituciones.




* Common schools y grammar schools. Establecimientos escolares anglosajones, hoy prácticamente desaparecidos. (N. de T.)